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06/08/2001 ¿Qué
tal si esto no fuera verdad, sino la repetición exacta de un sueño
viejo, muy viejo? Tan viejo como los genes de Adán, o mejor, de
Eva. ¿Qué tal si hubiéramos tropezado hace mucho
en otro lugar y tiempo donde, por azares del destino, o ayudados por el
principio de la incertidumbre, no sepamos dónde ni cuándo?
¿Qué tal si el encuentro hubiera sido tan casual que ni
tan siquiera la famosa teoría del orden del caos podría
resolverlo? ¿Qué tal si hubiéramos sido tantos o
ninguno como la imaginación o el tiempo dispusieran? ¿Qué
tal Sócrates y Teodata? Él, filósofo. Ella, puta.
Y tú, con tu cara de pensamiento lógico pariendo una idea
en medio del placer. Y yo, cantándote a la sombra del tiempo, una
canción de cuna para despertar. ¿Qué tal si me hubieras
explicado entre orgasmo y orgasmo como escrutar dentro de todas las cosas,
dentro de todas las gentes? ¿Qué tal si alguna vez te hubiera
llamado tábano por toda aquella manía de aguijonear
a los demás? ¿Qué tal si disfrutabas descansar tus
pies descalzos sobre mi regazo? ¿Qué tal si hubiera sido
yo la última en besarte el día de tu ejecución? ¿Qué
tal si el principio de la energía es tan invariable como se comenta
y es verdad que la muy astuta se conserva? Los huesos de Sócrates
serían ahora abono fértil de la tierra nueva. Y la tierra
sería flor, y la flor, fruto y el fruto, largos aminoácidos
de cadenas difusas y enredadas dispuestas en una célula cualquiera.
Y la célula, tejido y el tejido algo superior que una amalgama
de señales eléctricas. Algo que cobraría vida, años,
siglos después en otra criatura cualquiera. Y yo podría
ser planta grande de flores blancas. Y tú me podrías ver
desde tu única ventana en tu casa de Sils-Maria, a 6 000 pies sobre
el mar y más alto sobre las cosas humanas. ¿Qué tal
si hubiera sido yo la única criatura viviente testigo de tus pesares
y de tus júbilos? ¿Qué tal si mis flores blancas
de cinco pétalos y sin pistilos hubieran sido las únicas
capaces de comprender que en tus horas de silencio, estabas creando al
ser superior, al que bajó de la colina para mostrar a los demás
que es el superhombre el sentido de la tierra? ¿Qué tal
si fui yo la única en escuchar el susurro de la música de
Wagner salido de tus labios? Muy bajo, tan bajo que nadie más que
yo comprendiera la tristeza ante el amigo perdido por la fe cristiana.
¿Qué tal si en el desaliño de la ropa con que te
fuiste a Leipzing, a Génova, a Turín, a Basilea estaba la
última flor de agosto que llegó justo a tu ventana mientras
pensabas en que el hombre es algo que debe ser superado? ¿Qué
tal si conservaste su perfume en tus ensueños y desvaríos?
¿Qué tal si fue eso lo único vivo que te acompañó
siempre? ¿Qué tal si realmente la vida es una retroalimentación
constante de sucesos y energía y de nuevo crecemos en cualquier
parte de la materia? ¿Qué tal si formamos parte de ella?
¿Qué tal si la distancia que recorre una esfera en una pendiente
es menor que la de su sombra? ¿Qué tal si es el mismo tiempo?
¿Qué tal si tú y yo hemos recorrido distancias distintas
en el mismo tiempo? ¿Qué tal si somos la sombra uno del
otro? ¿Qué tal si es este un nuevo encuentro, el verdadero?
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