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06/08/2001
Marta Julia R.
Buenos Aires
- Argentina
El Maestro
La vieja escuelita
estaba donde siempre. Y donde siempre, como aprisionado entre las gastadas
baldosas del patio, también estaba el maestro.
¿Cuánto hacía que había llegado a ese pueblito
perdido en la montaña? Ni él mismo recordaba.
Sólo sabía que hacía mucho, tanto que los bancos
ya estaban desvencijados por el uso de tantos años y tantos chicos.
Tampoco recordaba muy bien cuantos habían pasado por esa pequeña
aula, ni a cuantos les había enseñado las primeras letras,
o a sumar y restar.
Estaba viejo y solo. Eso estaba claro, pero aún así, no
quería irse. Su vida era esa. Ahí estaba encerrada gran
parte de su historia, y no renunciaría a ella por que esas ya eran
sus raíces.
¿Quién se acordaba que un día había estudiado
en Buenos Aires? ¿A quién le podía importar cuantos
días y noches pasó en vela, terminando de pintar la salita
o la puerta?
¿A quién le importaba si allá en la capital, había
quedado un amor, ese que no supo acompañarlo en esta partida?
El viejo maestro sentía que los días se le acortaban, y
sin embargo, faltaba tanto por hacer
Pero los años empezaban a pesar. Él lo intuía, pero
no quería enterarse. Todavía tenía que enseñarle
a esos chiquilines nuevos que la Patria también son esas montañas.
Que también aquí es 25 de mayo y hay que cantar el Himno
y que hay que izar la bandera celesta y blanca.
Aunque están muy lejos de Buenos Aires, aunque ese pueblito no
figure en ningún mapa
Él debe todavía enseñar
que Patria no es una palabra hueca, para aquellos que tienen él
estomago vacío y sin posibilidad de llenarlo!
Él sabe! Por eso sufre y se desgarra. Por eso, siempre que piensa
llega ese fastidiosos dolor que lacera, que lastima más por la
impotencia que por nada.
Él sabe que es difícil que ellos entiendan. Pero es necesario
que lo intente, otra vez, las que haga falta. Hasta que comprendan que
ellos también son un pedazo de Patria, que no solo son recordados
cuando hay elecciones, ya que muchos llegan llenos de palabras y con las
manos vacías.
Él sabe que tiene que hacerles creer que es posible un mañana
mejor.
Él sabe, pero duele; duele tanto que casi lastima, y sin embargo,
también sabe que no cederá, que luchará contra la
incredulidad de esa pobre gente que solo tiene todo el cielo, las estrellas
y el polvo del camino donde pisa.
Debe devolverles la esperanza. Y cuesta. Al viejo maestro, cada vez le
cuesta más!
Pero, no obstante eso, sabe que aún hay muchos interrogantes que
les debe aclarar. Debe explicarles que, aunque ellos no lo crean, también
son compatriotas, que tienen derechos a una educación digna, a
una mayor protección en su salud. Debe hacerles entender, entre
otras cosas, que la vinchuca o la chinche gaucha, como la llaman, no es
un benefactor de la familia, sino quien les transmite esa enfermedad que
a veces se lleva a los mas chicos: El Mal de Chagas!
Debe enseñarles con tanta paciencia, que ellos son merecedores
de un mayor bienestar y de tantas cosas más que les pertenecen
por derecho propio!
Él sabe y quiere transmitirlo, por eso no se da tregua; por eso
no afloja, aunque por momentos las piernas no lo sostengan y el reumatismo
se le cuele hasta las orejas!
Pobre maestro! Tiene tanto que hacer, y le queda tan poco tiempo!
Igual va a luchar, no va a dejar que el desánimo lo venza. Debe
ayudar a su gente (para eso está entre ellos, como uno más)
debe darles esa cuota de esperanza que les haga menos pesada la realidad.
Él lo sabe, y se angustia. Él sabe que mañana, cuando
lleguen, pedirán un poco de mate cocido caliente y una rodaja de
pan, antes de empezar, y sabe también que eso será solamente
lo que han comido desde el mediodía de ayer. Él sabe, pero
no puede remediarlo. Sabe, sabe y duele. Y como duele! Si no, que le pregunten
a él. Hace tanto tiempo que se repite la misma historia, claro,
con otros ojos y otras bocas, pero al fin es siempre lo mismo. Primero
saciar el hambre y calmar el frío, después las letras, y
el día del maestro y el 9 de julio y Aurora antes de izar la raída
bandera. Pero primero calmar la sed, el hambre, la desesperanza. Él
sabe, y duele.
Con un libro de Geografía Argentina entre las manos, lo encontraron
tirado en el medio del aula al día siguiente.
Nadie entendía que le había pasado al viejo maestro. Es
que ellos no podían entender que a veces uno pueda morir por la
impotencia del no poder; morir de rabia por la injusticia hacia los otros;
morir del todo porque, en definitiva, este fracaso no es de uno, es de
muchos, pero uno es el que está aquí y ahora. Y uno paga!
YO CONFIESO
Te metiste
en mi vida sin permiso, abruptamente, sin consultarme.
Un día se rompió el transparente equilibrio que nos separaba,
e irrumpiste con la majestuosidad de los que siempre ganan.
Sin darme casi cuenta, poco a poco fui entregándote todo, hasta
la última gota de mi sangre. Yo no entendía
Te metiste debajo de mi piel, te escurriste en mi cama, bajo las mismas
sábanas te sentí lacerar mi humillación.
¡Cuánto te odié! ¡No imaginas cuánto!
Poco a poco te adueñaste de mis noches, de mis sueños. Yo,
ya no pensaba.
Simplemente estaba a tu merced, estaba en tus garras. Sabía de
mi prisión pero no sabía como romper las cadenas que me
ataban a tu vida.
Sólo con pensarte, ya te aborrecía. Sólo con recordar
que habría otra noche a tu lado, con la tortura de tu voz, se me
helaba el alma.
Y vos reías. Reías con esa risa cínica y callada
que solo escapaba por la comisura de tus labios.
Sabías de sobra quién era el soberano. Sabías de
antemano que en mi tablero ya habías decretado el Jake-Mate, y
sonreías
Noche a noche, en la soledad del cuarto, tendidos en la cama, buscabas
un resquicio de mi dignidad que quedara impune, para avasallarla.
Te odié. Dios sabe cuanto. De a poco fue creciendo en mi el deseo
de venganza. Imaginaba mil formas distintas de aniquilarte. Todas con
dolor. Pero no me animaba.
Alimaña atroz que corroías mi alma.
Pergeñé mil formas diferentes para tu muerte, y en todas
te imaginaba gimiendo de dolor y gritando de espanto.
Anoche pude consumarla.
Anoche, mis manos se mancharon con tu sangre, que también es mía
ya que hasta ese punto nos habíamos mimetizado.
No tengo arrepentimiento. Soy libre al fin, aún en el asesinato.
Libre para soñar de vivir, de sonreir y de volver a creer.
Tu muerte no me importa. Si, confieso haberte matado!
Pena grande no haber podido hacerlo antes, para tener el inmenso placer
de verte destruido y ser una nada.
Por fin pude terminar con vos, mosquito infame!
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