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06/08/2001 SEÑOR X Como cada día el señor X desconecta el despertador ante de que suene y le sobresalte su horrible chirrido. Hace ya rato que está despierto. El señor X se despierta a las seis cuarenta y cinco. Sabe que le sobra un cuarto de hora antes de levantarse y le agrada acurrucarse sobre si mismo y apurar ese tiempo extra de descanso ficticio que, como casi cada día, no llega a disfrutar. ¡ Ah ! ¡¡La próstata y la urgencia consiguiente !! Como cada
día el señor X realiza sus abluciones matinales con un orden
exquisito. Se lava bien las manos con agua tibia y jabón. Se cepilla
los dientes con agua fría y dentífrico. Se afeita cuidadosamente
con agua caliente, con la que empapa una y otra vez su cara - leyó
una vez en algún sitio que el secreto de un buen afeitado es un
buen remojado - . Extiende la crema sobre su rostro - atención
al fino bigote - y con una brocha de suave pelo de tejón - regalo
de un sobrino - se enjabona con lentos movimientos circulares de su mano
derecha. A continuación se rasura habilmente con una maquinilla
de doble hoja y cabezal basculante - última tecnología -
que maneja suavemente, pero con firmeza, con trazos seguros. Una mirada de refilón al reloj le confirma que no tiene porqué acelerar. El tiempo es suficiente para tomar esa ducha reparadora que acabará de librarle de los últimos vestigios de sueño. Se seca concienzudamente al finalizar, se aplica desodorante y aquella colonia tan inconfundible que utiliza desde hace años. Ante el armario, ordenado como todo en la casa, inicia el ritual de escoger sus vestidos para el día. Hoy tendrá un día tranquilo en la oficina y no debe recibir visitas de importancia, por lo que puede optar por algo más de sport. Casual como se dice ahora. Se decide por un pantalón gris y una suave chaqueta de tweed marrón claro, una camisa crema con corbata a juego y los zapatos y los calcetines marrones, por supuesto. Tiene buen gusto. Y lo sabe. Siempre viste perfectamente coordinado. Nada se deja al azar o a la improvisación. Igualmente sabe que su imagen de hombre pulcro y ordenado vende y ese cargo al que aspira en la empresa está cerca ya: El año que viene, si Dios quiere. Es un hombre que ha luchado por una posición sin apenas medios y considera que ha llegado casi al escalón más alto en aquella empresa en la que trabaja hace ya más de veinte años. Al contrario de otros compañeros, no se ha creado enemigos, sencillamente porque no se ha dedicado al codazo y la zancadilla. Ha obviado siempre el rumor y la crítica y ha sabido aguardar pacientemente sus oportunidades. Sus superiores le consideran por ello un perfecto hombre de empresa y le han otorgado toda su confianza. Pronto llegará la recompensa para el señor X. Es el señor X, sin embargo, un hombre solitario. No ha tenido mucha suerte con las mujeres, cosa que no le preocupa en exceso, porque ha desarrollado un cierto sentido de egoísmo, y piensa lo difícil que resultaría convivir con un hombre como él, ordenado hasta la exageración e independiente en grado superlativo. Así pues se considera un hombre feliz, que sabe lo que quiere y al que la vida le ha regalado, no sin esfuerzo por su parte, un estatus al que no confiaba llegar nunca. Así pues, acicalado, perfumado y con su permanente aire de triunfador, el señor X se dirige como cualquier otro día hacia su trabajo, hacia su oficina, sin prisa, sereno, conduciendo su automóvil. ----oooOooo---- El señor
X saluda atentamente, alegremente, a su secretaria, una mujer ya entrada
en años - una institución en la casa - que le pone al día
de sus citas para la jornada. Solo un imprevisto - el jefe de contaduría
se ha puesto repentinamente enfermo y él tendrá que encargarse,
a última hora de coordinar la entrega de efectivo a la empresa
de seguridad que recoge a diario la recaudación. La jornada
transcurre placidamente. Es viernes y ese día de la semana produce
un cierto relajo en personas y asuntos y los temas más importantes
se aparcan hasta el lunes próximo. Cuando se queda definitivamente solo en la oficina, el señor X recoge sus papeles y documentos - siempre tan ordenado - y cierra cuidadosamente los cajones de su mesa. Con la llave de la caja fuerte en la mano se dirige el señor X a las dependencias de contaduría para preparar con tiempo la entrega. El señor X está dentro de la cámara acorazada. Al margen de las sacas que debe entregar, preparadas en un estante junto a sus documentos, dentro de la enorme caja fuerte hay gran cantidad de dinero. Nunca en su vida había visto tanto dinero junto. Perfectos montones de billetes se alinean en los anaqueles. Dinero. Dinero por todas partes. El señor X está apunto de marearse, impresionado por el espectáculo. Hace calor allí dentro y suda copiosamente. Se afloja el nudo de la corbata y se sienta en una silla, tratando de recuperarse. La sensación de nauseas aumenta por momentos. Se encuentra realmente mal. Teme desmayarse, sufrir un vahído.
El señor
X recupera la consciencia. La fuerte luz que entra por la ventana ciega
sus ojos cuando intenta abrirlos. Tose. Carraspea. Le duele horriblemente
la cabeza. Tiene la boca reseca. Está en una cama y un peso sobre
sus piernas le impide moverse. Trabajosamente logra incorporarse y averiguar
que sucede. Es el cuerpo desnudo de una mujer lo que, sobre sus piernas,
atenaza sus movimientos. No sabe donde está. No recuerda nada.
La mujer duerme profundamente. No sabe quien es. Consigue escapar del
peso del cuerpo y se pone en pié, titubeante, también desnudo.
Una mirada por la habitación le descubre un desorden total. La
cama está absolutamente revuelta, no queda nada en su sitio, las
almohadas están en el suelo, junto a un montón de ropas
femeninas. No localiza las suyas. Trata de cubrir su desnudez con una
sábana. La desconocida, joven y hermosa, se mueve y, sin despertarse,
cambia de posición, descubriendo su cuerpo. Sus piernas entreabiertas
muestran su sexo como una mancha oscura que resalta en su pálida
desnudez. El señor X, azorado, evita mirar. Encontró a la muchacha en un burdel de poca monta de las afueras. Sentía el poder del dinero que había tomado de la caja fuerte. La prostituta pactó el servicio sin preguntar. Su aspecto era el de un tío de confianza. No hubiera podido imaginar las vejaciones a que iba a someterla aquel hombre de aspecto pulcro y aseado. El señor X no da crédito a cuanto ve y siente. El. Un hombre recto, educado, nunca podía haber participado en semejante bacanal. Se levanta y va hacia el armario, que abre. En su interior sus ropas perfectamente colgadas y ordenadas. Como siempre. Y un maletín que reconoce. Que no le pertenece. Al abrirlo, gran cantidad de billetes se desparraman por el suelo. Dinero. Mucho dinero. Solo falta la parte que ha utilizado en pagar aquella orgía. En ese momento el señor X cree percibir un sonido que parece surgir de ultratumba. El sonido se repite una y otra vez. El señor X despierta al fin. Tambaleándose de acerca al teléfono que cuelga en la pared y responde con voz pastosa. Los empleados de la compañía de seguridad han llegado para hacerse cargo de la recaudación. El señor X, casi sin poder mantenerse en pié, realiza mecanicamente los tramites. Cierra la caja fuerte, se despide de los vigilantes y regresa a su casa. Esa noche no concilia el sueño. ----oooOooo----
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