Cuentos cortos.
Por Rosa Elvira Peláez.

PRUEBA DE AMOR

El hombre saltarín se enamoró de la mujer inmóvil. Pasaba para un lado, para el otro, y cada vez se detenía un poco más frente a ella. La mujer lo miraba de una manera que él decidió que era la manera en que quería verse reflejado y por amor a ella sacrificó su movimiento. Solemne, apasionado, le juró amor, y ella, que nunca había sido querida con semejante entrega, sintió tanta alegría que brincó por primera vez en su vida.

Al hacerlo, la mujer sintió unas ganas locas de seguir probando el movimiento. El ex hombre saltarín la vio que saltaba, riéndose, para un lado, para el otro. Cada vez saltaba más, y más lejos. Pensó que era un capricho pasajero, y sonrió también. Ella lo miraba como él deseaba ser reflejado. Todo era perfecto. Casi perfecto...

Melancólico, espera inmóvil a que su amada pase algún día por el lugar donde él le declaró su amor. La esperanza tiene la culpa de que no quiera moverse.

(De la serie "Con poco, suficiente".) © Rosa Elvira Peláez, Buenos Aires, agosto 2001.

FLECHAS

«Siga la flecha», le dijeron. «¿Siempre?», preguntó. Como respuesta le enseñaron una flecha a su izquierda, y otra a la derecha; y una flecha delante suyo, y otra detrás.

El hombre quedó dudando apenas un instante. Siguió su instinto, trepó al techo y escapó del manicomio de los cuerdos.

(De la serie "Con poco, suficiente".) © Rosa Elvira Peláez, Buenos Aires, agosto 2001.

A PRIMERA VISTA

El primer día que la vi marcó mi eternidad. Fue un amor a primera vista, también una comida a primera vista. Ella llevaba un vestido que parecía el jardín botánico desbordado después de una temporada de fuertes lluvias. A medida que se aproximaba, sus aromas me enloquecían, y súbitamente se propagó el perfume de mi pasión, incontrolable. Pasó a mi lado y fue cuando supe que era tarde, había plantas carnívoras en ese jardín.

Fui devorado.

(De la serie "Con poco, suficiente".) © Rosa Elvira Peláez, Buenos Aires, febrero 2000.

MIRADAS

Me gusta mirar fijamente, lo confieso, a despecho de que me tilden de maleducada, impertinente o loca. Mirar fijamente a los ojos de los hombres es mi arte, mi deporte, mi afición, mi ciencia, mi empleo. Creo que hasta forma parte de mi karma.

Miro a los hombres que me llaman la atención, no me importa si tienen un buen lomo o no, eso es lo de menos. Me llaman la atención por la voz o por algún gesto que hacen y me atrapa. En cualquier lugar puede suceder, sin restricción de horarios. Sola o acompañada, si ocurre la atracción, no puedo evitarlo. Cuando estoy con alguien y ocurre, mi acompañante deja de existir para mí, porque mi mirada se vuelve depredadora y miro a ese hombre fijamente, a ese hombre que quiero provocar, deseando medir sus instintos. Ese hombre circunstancial que habló cerca de mí y se convierte, sin él pretenderlo y sin yo poder evitarlo, en mi presa. O puede ocurrir porque cogió la copa de una cierta manera o fuma con un gesto que me pervierte el equilibrio. No quiero ni puedo evitar actuar como lo hago y me olvido de mi acompañante de turno, si acaso lo tengo, y trato de enganchar con mis ojos los del otro, los de ese desconocido al que quiero reinventar en unos minutos donde el juego de las miradas apuesta a calentar la piel, acelera el pulso y arrincona la razón.

El aire se vuelve candente, vibra. Sé que a veces esos, ellos, mis hombres de un rato, pueden pensar que soy una desvergonzada. Que lo piensen, no me importa ni me estorba, yo conozco mis límites: mi asunto es enredarme en sus ojos y hacer que su mirada comience a echar vapores. Hasta que haga oleaje y salte las fronteras de su rostro, y me moje. Simplemente busco eso, y nada más. No intento comprender los pensamientos revueltos que tiene ese hombre que devoro con los ojos mientras proceso, con frío cálculo, cómo se le fragmenta el sentido común frente a una mujer desconocida.

Las ganas le invaden el rostro y casi siempre le complican el movimiento de las manos. Ahí está el punto de lo que pretendo realmente: detectar cuánto demora el hombre en no saber qué hacer con sus manos, esas manos que a veces, irreprimiblemente, bajan a la entrepierna a arreglar una arruga inexistente. Entonces, me anoto una victoria total, y lentamente, con una lentitud programada, precisa, voy bajando mi mirada hasta detenerla en ese sitio oculto y tomo nota de los parámetros, de todos; después, subo la vista, despacio, y le devuelvo a esos ojos una mirada fría, aburrida, ajena. La operación concluyó.

No me importa el asombro, el desespero, la decepción, el enojo, que manifieste la cara del hombre. Este detalle no entra en mi propósito y retorno a lo que venía haciendo hasta que él llamara mi atención. O me levanto y salgo del café, si es que estaba en un café, esto hago si percibo que no hay más atracción en el lugar. Salgo y camino sin rumbo fijo. Puedo sentarme en un parque, entrar a un bar o bajar a la estación del metro, buscando otro objetivo para mi ciencia.

Me gusta mirar fijamente, lo confieso, a despecho de que me tilden de maleducada, impertinente o loca. Mirar fijamente a los ojos de los hombres es mi arte, mi deporte, mi afición, mi ciencia, mi empleo. Y creo que hasta forma parte de mi karma. Esto lo quisiera creer porque en el fondo soy una romántica incurable, y también muy tímida. Pero lo cierto es que estoy programada solamente para un tipo de investigación sobre instintos primarios del género masculino.

Cada día, de lunes a viernes, tras cinco horas de pesquisaje, cargo la base de datos del instituto de altos estudios que me contrata. Otro tipo de karma, un karma que detesto, pero puedo pagar mis rentas y no le debo nada a nadie. Y algún día, quién sabe, hasta deje de ser tímida y no necesite el odioso chip especial insertado en mi cerebro. No necesite el chip ni ese empleo. Pensando en esto suelo tener buenos sueños, aunque, en plan de franqueza, debo reconocer que ciertos ejemplares de estudio también alimentan mis sueños.

(De la serie "Hamores con hache o experiencias confusas".)©Rosa Elvira Peláez, Buenos Aires, noviembre 2000.


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