EL OLOR
Por Valentina Enet valentinaenet@speedy.com.ar

Mientras esperaba al viento, miró a su marido que dormía recostado sobre el lado opuesto. Se quedó quieta, inmóvil. No quería despertarlo, ni tener que escabullirse para evitar la presencia del olor que se aproxima con el cuerpo.

El viento se ve, se siente. Limpia todo lo que toca, se lleva a su paso las impurezas. Se había convertido en una costumbre, en una necesidad o en un rito, eso de esperar, todas las noches, a que el viento sople, para meterse en el, aunque desgarrada, dejar que la llevará volando lejos de los álamos negros. Siempre volvía, como vuelven los muertos, con los ojos vacíos, llenos de todo lo que han visto y de lo que han escondido.

Cuando el viento no sopla el dialogo es inevitable. No se puede hacer trampas, no existen las puertas falsas. El espiritu no está siempre atento a todo aquello que tiene un único sentido, que no es lo mismo que significado. Este permanece, es directo, explícito, en cambio el sentido se proyecta y los recuerdos regresan al mismo lugar, donde todo es una misma cosa.

Las habitaciones sin ventanas. Sólo un rebelde haz de luz se escurría por una pequeña rendija. Un defecto constructivo. Una falla o tal vez el cansancio de los ladrillos hizo que cediera el cemento. Era la manecilla de un reloj que indicaba el paso del tiempo. Uno, dos, tres ..... tiempos, que se suman a otros tiempos sucesivos, igualmente inexorables. Dos camas de hierro, dos cirios en sus cabeceras, eran el único mobiliario fijo, estable.

Todo apestaba. El olor era una mezcla de orines, polvo enmohecido, azufre, hipoclorito de algo, que cambiaba el valor de los géneros creando una gramática distinta. No existían mas ni “el” ni “la”. Eran solo hombres y mujeres que apestaban a sudor, semen, sangre, leche agria, tumores malignos, lágrimas cobardes. Apestaban los ríos, los curas, los valientes, los débiles, las paredes, los pisos, los techos y las dos camas.

El olor no entraba ni salía, se quedaba. Empujaba hasta ocupar todos los rincones vacíos. El calor lo abatía como plomo derretido sobre los cuerpos, sobre las heridas. Cuando llegaba al suelo áspero, se elevaba como un vaho denso hasta chocar con las almas perdidas que yacían tendidas en las camas de hierro. Cerrando los ojos con fuerza, solo algunas veces, podía perder la percepción externa.

Contuvo la respiración. Siempre se agitaba cuando las imágenes volvían girando en círculos hasta encerrarla en un mismo centro. Los ronquidos suaves y rítmicos le indicaron que seguía durmiendo, ajeno a sus recuerdos, a las pesadillas, cumpliendo una orden tácita que le impedía cruzar la línea invisible que los había divido.

Volvería alguna vez a respirar sin que miles de olores le provocaran ese remolino vertiginoso en los intestinos, en el estomago, en la garganta?. Algún día, tal vez en otro tiempo, estaría preparada para captar cada aliento nuevo, inesperado, hostil o agradable, sin verse obligada a olfatear con cautela. Mientras tanto tenía el viento para irse cada vez que el olor aparecía.

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